9 de enero de 2008

Va de citas

No sé por qué -la nostalgia que humedece los ojos, masoquismo, lo que sea- me acordé de este párrafo de días lejanos:

(Acero/Bustos/Quesada, Introducción a la filosofía del lenguaje, Cátedra, 1985, p. 205)

¿Qué tiene que ver una clasificación de las diversas cosas que hacemos al hablar, los edificios que levantamos con las palabras, con la existencia de una moralidad terrorista?

En primer lugar, una moral terrorista no equivale a una moral nihilista, solamente destructiva: éste -el de la destrucción- suele ser el momento previo para la eudaimonía buscada, tan ardientemente buscada y tan valiosa que vale la pena hacer correr la sangre. Verdadero resultará que éste constituye un terreno auténticamente psicopático: pero solamente para el que lo vea desde fuera, porque el que planifica y ejecuta guardia bien limpia las moradas más interiores de la conciencia (duerme bien).

Ocurre, en segundo lugar, que la ética se dice: puesto que los preceptos de la moralidad de turno van cargados de razones y oraciones que las argumentan. No suelen ser las primeras más determinantes que las segundas: más bien al contrario. La razón, según su mismo nombre, proporcionada, pide descanso y tranquilidad: retiro, paz, perspectivas varias. El lenguaje me parece anterior, vehículo tanto de la inteligencia como de su falta, y aun de su repudio más absoluto. De esta forma, la razón representa una acción que se niega a sí misma para comprenderse mejor, y abandonarse, si fuera preciso. Las palabras no: las palabras pueden sonar como disparos si engendran un ruido continuo y una falta de silencio para la meditación y el equilibrio de las consideraciones. Se habló mucho, se sigue hablando, con altavoces o por rumores, queriendo que lo último que venga sea el miedo, el perfecto aceite de la acción para lograr la felicidad final (la patria de los dioses o de las razas). Todo se termina convirtiendo en aglomeración, turbamulta, por calles pletóricas de emoción transgresora: nadie va a querer guarecerse en el interior, en un rincón de su casa, agazapado allí para protegerse: de sí mismo, en primer lugar; de las palabras apresuradas, después.

Hablar constituye un acto bastante más complejo que la emisión de un sonido. Se vincula a otros actos, intimidatorios, a veces, a la pretensión de efectos directos y lejanos. En este ámbito no han sido invitadas las razones, que son el elemento puramente inmaterial de esta historia, el único, realmente. Pero que las razones inexistan no implica que la conciencia se haya ausentado. Una descripción de las cosas hechas con palabras, de las partes incluidas en los actos de habla cotidianos (mirando al amor o mirando hacia la muerte) no se cuestiona en instante alguno la realidad de la conciencia que se presenta en el lenguaje, y no entiendo qué ha de ser la libertad sino esa transparencia de sí a sí. Por todo ello, no caigamos enredados en la selva de los discursos, porque éstos no tienen por qué llevar verdades consigo, sino mucha prisa en lo que quieren conseguir. Examinadas las razones en la criba de la regla de oro, no ha de pasar ni una de las falsas, las incompasivas, puestas en boca del eudemonismo terrorista o en las apologías indirectas de las ciencias sociales.

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