7 de marzo de 2007

Tarde -día- de viento

(Reuniones de trabajo)

Con otros, diferentes, particularmente interesados, las obligaciones aparecen de una forma más objetiva -tan distantes y frías como ellos. Se trata de deberes burocráticamente imparciales, presumiblemente improductivos, impuestos de manera autoritaria...

...obligaciones emanadas de expertos desconocidos, voluntariamente anónimos, que rivalizan -en mínimo- con el dios que se sabe que es, pero no se sabe qué es. Esta modestia teológico-filosófica se perdió con las religiones políticas de salvación y condenación modernas (contemporáneas, del siglo XX y de ahora). Al dios corresponden las leyes, eternas, naturales; secundaria y humanamente positivas: pobres aproximaciones del existente humano a la esencia divina.

No se puede ser completamente objetivo, yo no puedo serlo: pierdo los hechos, no se satisface uno con lo positivo, con la comunión en lo que hay reglamentariamente (los sucedáneos políticos de la fe, infinitamente más mortíferos). De esa manera se sufre, sin conseguir nada a cambio, aunque tampoco haya nada que ganar ni se tengan deseos -¿intenciones?- de ganar.

(La ironia, de fácil retórica -verbo nervioso como una metralleta- nunca se ganó la amistad de las almas, y mucho menos de los cuerpos. Alguien tiene que ver ahí la posibilidad de que esa verbosidad malvada le alcance a él a su turno. Ni siquiera la ironía tiene por qué ser inteligente -ni astuta, lo que es mucho más productivo.)

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No termino de entenderlo. Se ama a quien tiene fe: siendo falso lo que se cree, sin importar que sea falso. Al derrotado, ni un saludo cuando no queda más remedio que cruzarse, la mirada hacia otro lado, el pelo que se esparce al viento y tapa la cara para no ver.

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Después de todo: ¿quién puede negar que no tenga sus pequeñas ambiciones? Se escribe -en efecto-, no es uno el que escribe. Ahora bien, en la medida en que también surge la pregunta de por qué se escribe, ¿quién es el que hace la pregunta?

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