17 de marzo de 2007

El ensayador

A propósito de Gabriel Zaid, "La carretilla de Alfonso Reyes" (en Abcd, 17 de marzo de 2007)

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(Amamos tanto las metáforas que no podemos concebir -pensar, crear, dar a luz- la vida sin ellas.)

La "carretilla" nombrada es el mismo lenguaje: no en tanto hecho comunicativo, objetivable y científico; sino más bien referido a lo que las palabras tienen de personal, de aire de familia que identifica un estilo propio de escritura, una autoría singular, a la cual se le concede un crédito especial porque la lectura (nos) produce alegría.

Esto es, el lugar del ensayo está en una recreación artística, en la autonomía del lenguaje: liberado del trabajo investigador tecnocráticamente delimitado, clausurado, asfixiante, porque sólo vale lo que circula en el interior. La recreación constituye una inmersión en la misma forma, de manera que el ensayo es algo diferente de la repetición divulgadora. Entendamos, salidos lejanamente de la Ilustración, que la crítica de la filosofía también acaba siendo filosofía (metacrítica). El ensayador parece pensar que reservar la novedad del descubrimiento al dato de laboratorio (o archivo) representa un concepto positivista (polvoriento) del saber. Lo novedoso no está en la materia, sino en la variación de la forma, combinada y recombinada.

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Antes de leer el texto de Zaid, pensamos (pensaba yo) en la generosidad presente en todo acto de transmisión y recepción cultural que pase a través del documento escrito. Lo dicho por Alfonso Reyes, por Octavio Paz, por cualquiera, se libra de la muerte física del autor, ciertamente, pero también de la muerte de los hechos, de lo que entiendo que constituye la materia prelingüística del texto (porque viene antes en el tiempo, no porque existan acontecimientos humanos ajenos al lenguaje). La herencia llega a través de Zaid, de Enrique Krauze, de Pitol, Monsiváis y tantos otros.

Cogiendo ese hilo, acogiéndonos a esa amistad en el lenguaje, podemos enredarnos (en el buen sentido: diálogo) en la discusión acerca de cuáles son los intereses principales que gobiernan nuestros actos de conocimiento: ilustrados, sí, pero respetuosos de la lengua que hablamos, de la exactitud que (se) nos pide: como una circulación de monedas bien acuñadas, sin lo que no hay una ética (del discurso) legítima, ni lenguajes perfectos, ni hablas ideales...

1 comentario:

conde-duque dijo...

Seguramente Tolstoi encontró su razón y se lanzó a ella. "Tenía que" morir en la estación, antes de coger el tren, porque ese tren no existe. Sólo se lo espera. Y uno se muere esperándolo.
(Lo de que "se le fue la olla" era una ironía).